La Llamada de la selva
La Llamada de la selva Y entonces, de pronto, sin advertencia previa y emitiendo un grito inarticulado como el de las fieras, John Thornton se abalanzó sobre el hombre que empuñaba el garrote. Hal se tambaleó y retrocedió como si le hubiera sorprendido un árbol en su caída. Mercedes se puso a chillar. Charles levantó la vista vagamente confundido, se secó los ojos lacrimosos, pero el entumecimiento no le dejó levantarse.
John Thornton, luchando por mantener el control de sí mismo porque estaba poseído por una rabia convulsiva que le impedía hablar, se plantó delante de Buck.
-Si vuelves a golpear a este perro, te mato -logró finalmente decir, en tono ahogado.
-El perro es mío -replicó Hal, limpiándose la boca sucia de sangre mientras recuperaba el aliento-. Quítese de ahí o se arrepentirá. Pienso ir a Dawson como sea.
Thornton estaba entre él y Buck y no mostraba la menor intención de quitarse de en medio. Hal sacó el largo cuchillo de caza. Mercedes chillaba, gritaba, reía, abandonada a su histeria. Con el mango del hacha, Thornton golpeó los nudillos de Hal, y el cuchillo que había soltado cayó al suelo. Y cuando intentó recogerlo, volvió a golpearlos. Luego se agachó, lo cogió él y, de un par de tajos, cortó las riendas de Buck.