La Llamada de la selva
La Llamada de la selva Una vez más llegó la primavera y, al cabo de tantas andanzas, descubrieron, no la cabaña perdida, sino un yacimiento a flor de tierra en un ancho valle, donde el oro quedaba a la vista en el fondo del mismo, en un grumoso depósito amarillento. No siguieron buscando. Cada día de labor les significaba miles de dólares en oro, en polvo limpio y en pepitas, así que trabajaban todos los días. Ensacaban el oro en talegos de piel de alce, veinticinco kilos en cada uno, y los apilaban como si fueran leña junto a la choza de ramas de abeto. Trabajaron duro, y los días se sucedían como sueños mientras iban acumulando su tesoro.
Los perros no tenían nada que hacer, excepto cobrar las piezas que Thornton cazaba de vez en cuando, y Buck pasaba largas horas abstraído junto al fuego. Ahora que permanecía inactivo, la visión del hombre velludo de piernas cortas se le aparecía con mayor frecuencia; y a menudo, parpadeando junto a la hoguera, vagaba con él por aquel otro mundo que evocaba.