La Llamada de la selva
La Llamada de la selva La sed de sangre se hizo en él más fuerte que nunca. Era un depredador, un animal de presa, que se alimentaba de seres vivientes; que solo, sin ayuda, gracias a su fuerza y su destreza, sobrevivÃa triunfante en un entorno hostil en el que únicamente lo hacÃan los fuertes. Todo aquello insufló en su ser un gran orgullo, que se extendió como por contagio a su figura. Se hacÃa patente en todos sus movimientos, era visible en el juego de cada uno de sus músculos, se expresaba elocuentemente en su porte y tornaba incluso más soberbio su espléndido pelaje. De no ser por algunos pelos marrones aislados en el hocico y sobre los ojos, y por el plastrón de pelo blanco que le bajaba por el pecho, habrÃan podido tomarlo por un lobo gigantesco, más grande. que el más grande de su raza. De su padre el san bernardo habÃa heredado el tamaño y el peso, pero habÃa sido su madre, la pastora escocesa, quien habÃa moldeado esos atributos. El hocico era el largo hocico de un lobo, aunque era más grande que el de cualquier lobo; y su cabeza, bastante ancha, era una cabeza de lobo a escala colosal. Su astucia era la del lobo, una astucia salvaje; su inteligencia, la inteligencia del pastor escocés y el san bernardo; y esta conjunción, añadida a la experiencia adquirida en la más feroz de las escuelas, lo convertÃan en una criatura tan formidable como las que habitaban la selva. Animal carnÃvoro cuya dieta consistÃa sólo en carne, se hallaba en la flor de la vida, en el perÃodo culminante de su existencia, y destilaba vigor y virilidad. Cuando Thornton le acariciaba el lomo, el paso de la mano era seguido por un crujiente chasquido, al descargar cada pelo, con el contacto, su magnetismo estático. Cada parte de su mente y de su cuerpo, cada fibra de su tejido nervioso funcionaba con exquisita precisión; y entre todas las partes existÃa un equilibrio y un ajuste perfecto. A las imágenes, sonidos y situaciones que requerÃan acción respondÃa él a la velocidad del relámpago. Por más ágilmente que se moviese un perro esquimal para defenderse o atacar, él podÃa hacerlo dos veces más rápido. VeÃa el movimiento o percibÃa el sonido y respondÃa en menos tiempo del que otro perro empleaba en percatarse de lo visto u oÃdo. Él percibÃa, decidÃa y actuaba en el mismo instante. En rigor, las tres instancias eran consecutivas, pero los intervalos de tiempo entre ellas eran tan infinitesimales que las hacÃan parecer simultáneas. Sus músculos estaban rebosantes de energÃa y entraban en acción de modo fulminante, como muelles de acero. La vida fluÃa a través de él en espléndido torrente, gozoso y desenfrenado, y daba la impresión de que de puro éxtasis acabarÃa desbordándose y desparramándose con generosidad sobre el mundo.