La Llamada de la selva
La Llamada de la selva Jamás ha existido otro perro como él -dijo John Thornton un dÃa, mientras lo veÃan salir del campamento a paso acelerado.
-Una vez hecho él, rompieron el molde -dijo Pete.
-¡Caray! Eso mismo creo yo -afirmó Hans.
Lo vieron partir, pero no vieron la súbita y terrible transformación que experimentó en cuanto se adentró en la selva. Abandonó el paso acelerado. Se convirtió de pronto en parte del entorno silvestre, donde avanzaba con sigilosa cautela, pisando como un gato, sombra fugaz que aparecÃa y desaparecÃa entre las demás sombras. SabÃa aprovechar cualquier cobertura, arrastrarse sobre la panza como una serpiente y, como ésta, impulsarse y golpear. Era capaz de capturar una perdiz blanca en el propio nido, matar un conejo dormido y apresar con un mordisco en el aire las pequeñas ardillas listadas que, intentando huir, tardaban un segundo de más en saltar a las ramas. En las lagunas abiertas, los peces nunca eran demasiado rápidos para él; ni suficientemente precavidos los castores ocupados en reparar sus diques. Mataba para comer, no porque sÃ; simplemente preferÃa comer lo que mataba él mismo. De ahà que un latente humor impregnara sus acciones, y lo divirtiese acechar a una ardilla para, a punto de cazarla, dejarla ir chillando de terror hacia la copa de un árbol.