La Llamada de la selva
La Llamada de la selva Su evolución (o regresión) fue rápida. Sus músculos adquirieron la dureza del hierro y se hizo insensible a todas las penalidades comunes. Desarrolló una economÃa interna igual que la externa. Era capaz de comer cualquier cosa, por repugnante o indigesta que fuera y, una vez ingerida, los jugos de su estómago extraÃan de ella hasta la última partÃcula nutritiva que la sangre llevaba hasta los lugares más recónditos de su cuerpo, donde se convertÃa en tejido orgánico más fuerte y resistente. La vista y el olfato se le aguzaron notablemente, mientras su oÃdo se volvÃa tan fino que, aun estando dormido, era capaz de percibir el más leve sonido y saber si era un presagio de paz o de peligro. Aprendió a arrancarse con los dientes el hielo que se le acumulaba entre los dedos; y cuando tenÃa sed y el agua estaba cubierta de una gruesa capa de hielo, la rompÃa golpeándola con las agarrotadas patas delanteras. Su rasgo más sobresaliente era la habilidad de olisquear y prever, una noche antes, de dónde soplarÃa el viento. Aun cuando no hubiera siquiera una brisa en el momento en que cavaba su hoyo junto a un árbol o un terraplén, el viento que soplaba más tarde lo encontraba indefectiblemente a sotavento, cómodamente resguardado.