La Llamada de la selva
La Llamada de la selva De una tienda vecina salieron tres hombres que se quedaron mirando la escena entre guiños y sonrisas.
Ya llevan ustedes bastante peso -dijo uno de ellos- y, aunque no me corresponda meterme en sus asuntos, yo en su lugar no cargarÃa con esa tienda.
-¡Qué esperanza! -exclamó Mercedes, alzando los brazos al cielo con afectada consternación-. ¿Cómo demonios voy a arreglármelas sin una tienda?
-Estamos en primavera, ya no volverá a hacer frÃo -replicó el hombre.
Ella meneó la cabeza con decisión, y Charles y Hal colocaron los últimos trastos encima de la voluminosa carga.
-¿Le parece que andará? -preguntó uno de los hombres.
-¿Por qué no? -dijo Charles secamente.
-Oh, está bien, está bien -se apresuró a decir el otro, en tono conciliatorio-. Sólo me lo preguntaba. Parece que llevan mucha carga.
Charles le dio la espalda y amarró las cuerdas lo mejor que pudo, o sea no demasiado bien.
-Y por supuesto los perros podrán tirar todo el dÃa de ese artefacto -afirmó el segundo de los hombres.