La Llamada de la selva
La Llamada de la selva -Desde luego -dijo Hal con helada cortesÃa, al tiempo que cogÃa la vara con una mano y blandÃa el látigo con la otra-. ¡Arre! -gritó-. ¡Adelante! Los perros saltaron y tiraron de las riendas durante unos momentos, pero después aflojaron. No podÃan mover el trineo.
-¡Bestias holgazanas, yo os enseñaré! -les gritó Hal, disponiéndose a darles con el látigo.
-¡No, Hal, eso no! -intervino Mercedes a gritos, al tiempo que agarraba el látigo y se lo arrebataba-. ¡Los pobrecillos! Tienes que prometer me que no serás cruel con ellos durante el viaje o yo no daré un paso.
-¡Qué sabrás tú de perros! -exclamó desdeñosamente su hermano-; y haz el favor de dejarme en paz. Son perezosos, te lo aseguro, y hay que darles de azotes para que rindan. Ellos son asÃ. Pregunta a cualquiera. Pregúntaselo a uno de ésos. Mercedes dirigió a los hombres una mirada implorante; en su bonito rostro se habÃa dibujado un gesto de indecible repugnancia ante el sufrimiento de los animales.
-Si quiere usted saberlo están muy débiles -fue la respuesta de uno de los hombres-. Completamente hechos polvo, ésa es la verdad. Necesitan descanso.