La peste escarlata y El idolo rojo

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Entre aquellas dunas, unas cuantas cabras mordisqueaban una hierba escasa. Estaban al cuidado de otro muchacho, vestido con pieles de animal, y de un perro, que no era ya sino una débil reminiscencia del perro y se parecía mucho más al lobo. En primer plano se elevaba el humo de una hoguera vigilada por un tercer muchacho, de aspecto no menos tosco que los dos anteriores. A su alrededor estaban tendidos varios perros-lobo, semejantes al que guardaba las cabras.

A un centenar de yardas de la orilla del mar había un amontonamiento de peñascos despedazados, y el rugir de las olas que los azotaban se mezclaba con una especie de ladrido ronco. Era el mugir de enormes leones marinos que se arrastraban entre las rocas, unos para tenderse al sol, otros para combatir entre ellos.

El viejo se dirigió hacia el fuego, acelerando el paso y husmeando el aire con avidez.

—¡Mejillones! —exclamó, extasiado, con su vocecilla temblorosa, al llegar junto al fuego—. ¡Mejillones! ¿No es cierto, Hu-Hu? ¿No será un cangrejo? ¡Dios mío! ¡Muchachos, que buenos sois con vuestro abuelo!

Hu-Hu, que aparentaba la misma edad que Edwin, respondió, con una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—Come, abuelo, come todo lo que quieras. Mejillones o cangrejos. Hay cuatro.


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