La peste escarlata y El idolo rojo

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El paralítico entusiasmo del viejo era un espectáculo penoso. Se sentó en la arena lo más deprisa que se lo permitieron sus miembros agarrotados, y sacó de entre los tizones un mejillón de roca de gran tamaño. El calor había hecho que se abrieran las valvas, y se veía la carne del mejillón, color salmón y cocido en su punto.

Con prisa febril, el viejo asió el suculento bocado entre el pulgar y el índice y se lo llevó rápidamente a la boca. Pero el mejillón quemaba y, al cabo de un instante, lo escupía profiriendo aullidos de dolor, mientras le rodaba una lágrima por las mejillas.

Los jóvenes eran auténticos salvajes, y salvaje era su cruel regocijo. Rompieron a reír ante el ardiente chasco del viejo, que consideraron sumamente divertido. Hu-Hu se puso a hacer inacabables, cabriolas y Edwin se retorcía de risa en el suelo. El pequeño guardián de las cabras acudió, atraído por el ruido, y no tardó en sumarse a la hilaridad.

—Enfríalos, Edwin... Enfríalos —suplicó el viejo sufriente, sin siquiera enjugarse las lágrimas que seguían brotando de sus ojos—. Enfría también un cangrejo, Edwin... Ya sabes cuanto le gustan los cangrejos a tu abuelo.


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