La peste escarlata y El idolo rojo

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Un chisporroteo salió del fuego, que hacía que todas las valvas de los mejillones estallaran en un vapor húmedo. Los moluscos eran en su mayor parte de buen tamaño: medían entre tres y seis pulgadas de ancho. Los muchachos los sacaron del fuego valiéndose de palitos, y los alinearon en una vieja cepa arrojada a la playa por el mar para que se enfriaran.

El viejo gemía:

—En mis tiempos, nadie se burlaba de ese modo de los viejos... Se les respetaba... Se les respetaba...

Los muchachos no prestaron la menor atención a las quejas y recriminaciones del vejestorio. Pero el viejo fue ahora más prudente, y no se quemó la boca. Todos se habían puesto a comer, haciendo mucho ruido con la lengua y chasqueando los labios.

El tercer niño, que se llamaba Cara de Liebre y que tenía ganas de reír un poco más, colocó disimuladamente un poco de arena en uno de los mejillones, que ofreció luego al viejo. Cuando éste se lo metió en la boca, la arena le daño las encías y las mucosas bucales e hizo una mueca horrible.

Recomenzó entonces la risa, tumultuosamente. El viejo no se daba cuenta de que había sido objeto de una broma pesada. Balbuceaba lastimosamente y escupía con todas sus fuerzas. Finalmente, Edwin se apiadó y le tendió una calabaza con agua fresca, con la que el viejo se enjuagó la boca.


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