La peste escarlata y El idolo rojo

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—A ver, Hu-Hu, ¿dónde están los cangrejos? —preguntó Edwin—. Hoy el abuelo tiene hambre.

Al oír hablar de cangrejos, los ojos del viejo brillaron de gula, y Hu-Hu le tendió uno, que era de muy buen tamaño. El caparazón y las patas estaban enteros, pero vacíos. Con las manos temblorosas y emitiendo grititos de impaciencia, el viejo quebró una de las patas, pero no encontró sino vacío.

—¡Un cangrejo, Hu-Hu! Gimió—. ¡Dame un cangrejo de verdad!...

—¡Nos hemos burlado de ti, abuelo! —contestó Hu-Hu—. No hay cangrejos. No he encontrado ninguno.

La decepción se pintó en la cara arrugada del vejestorio, que volvió a echarse a llorar a mares mientras los muchachos se reían inconteniblemente.

Disimuladamente, Hu-Hu reemplazó el caparazón vacío, que el viejo había dejado en el suelo delante suyo, por un cangrejo lleno, cuyas patas y caparazón estaban ya quebradas y cuya carne blanca emitía una aroma delicioso. El olfato del viejo sintió un divino cosquilleo, y bajó la mirada, sorprendidísimo. Su lúgubre humor se trocó acto seguido en alegría. Husmeó y luego, con un ronroneo beatífico, se puso a comer. Y, mientras masticaba con las encías, mascullaba una palabra que no tenía ningún sentido para sus oyentes:

—Mayonesa... Mayonesa...

Hizo chasquear la lengua, y prosiguió:


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