La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo —¡Mayonesa! Eso sà que serÃa una buena cosa... ¡Y pensar que hace más de sesenta que ha desaparecido! Han crecido dos generaciones sin conocer su maravilloso perfume. ¡En otros tiempos, en todos los restaurantes la servÃan con los cangrejos!
Una vez saciado, el viejo suspiró, se secó las manos frotándoselas en sus muslos desnudos, y su mirada se perdió en el mar. Luego, sintiendo el bienestar de un estómago lleno, se puso a rebuscar en su memoria.
—¿Sabéis, hijos mÃos, sabéis que yo he visto estas orillas hirviendo de vida? Aquà se apretujaban cada domingo hombres, mujeres y niños. En vez de osos a la espera de devorarlos, habÃa arriba, en la cima del acantilado, un magnifico restaurante donde uno encontraba todo lo que querÃa comer. VivÃan entonces en San Francisco cuatro millones de personas. Y ahora en todo el territorio, no quedan ni cuarenta. También el mar estaba repleto de barcos que entraban y salÃan sin parar por el Golden Gate. Y en el aire habÃa innumerables dirigibles y aviones, que podÃan superar las doscientas millas por hora.