La peste escarlata y El idolo rojo

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Si, esa era la velocidad mínima que exigían los contratos de la compañía aérea que hacía el servicio postal entre Nueva York y San Francisco. Hubo un hombre, un francés, que ofreció la velocidad de trescientas millas. ¡Hum, hum! Esto pareció excesivo, y demasiado arriesgado, a los ojos de la gente retrógrada. Pero el francés insistía, y tenía bases sólidas para hacerlo, y hubiera logrado lo que prometía de no haber sido por la gran peste. Cuando yo era niño, había todavía gente que recordaba haber visto los primeros aeroplanos. Yo vi los últimos. Han pasado sesenta años...

Los niños escucharon su monólogo con aire distraído. No comprendían casi nada de lo que decía, y escuchaban hartos de su machaconería, tanto más cuanto que, en sus ensueños en voz alta, empleaba un inglés más puro, que no tenía sino una lejana relación con la tosca jerga que ellos empleaban y que el viejo empleaba al hablar con ellos.

—En cambio, los cangrejos, en aquel tiempo —prosiguió—, eran más escasos, porque los pescaban en todas partes, y era un manjar muy apreciado. Se autorizaba su pesca durante un solo mes al año. Hoy pueden capturarse todos los días del año. ¡Esto, en aquel tiempo, hubiera sido un prodigio!


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