La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo En aquel momento se produjo una viva agitación entre las cabras que comían hierbas entre las dunas, y los tres muchachos se pusieron de pie. Los perros que estaban acurrucados junto al fuego corrieron a unirse a su compañero, que había permanecido junto a las cabras y que gruñía furiosamente. El rebaño entero derivó hacia sus protectores humanos.
Media docena de formas grises y flacas se deslizaban furtivamente por la arena, y tenían en jaque a los perros, a los que se les erizaba el pelo del lomo.
Edwin lanzó contra las formas una flecha que erró el blanco. Pero Cara de Liebre, armado con una honda semejante a la que debió emplear David en su lucha contra Goliat, hizo volar una piedra, que cruzó silbando el aire. La piedra cayó de lleno entre los lobos, que desaparecieron hacia las negras profundidades del bosque de eucaliptos.
Su huida hizo reír a los muchachos. Regresaron, satisfechos, a tenderse en la arena junto al vejestorio, que gemía desaladamente. Había comido demasiado, y la digestión se le hacía pesada. Y, apretándose el vientre con ambas manos, entrelazando los dedos, prosiguió sus lamentaciones.