Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas El dÃa a que me refiero, Paul Tichlorne habÃa pasado toda la mañana en mi estudio, perdido en la lectura de una revista cientÃfica. Esto me permitió dedicarme a mis propios asuntos, y cuando llegó Lloyd Inwood yo estaba afuera entre mis rosas. Mientras recortaba, podaba y sujetaba las enredaderas en el porche, con la boca llena de clavos, Lloyd me seguÃa y me ayudaba de tanto en tanto. Comenzamos a discutir la mÃtica raza de los invisibles, esa extraña gente errante acerca de la cual la tradición ha conservado el recuerdo. Lloyd se entusiasmó con la conversación a su manera nerviosa, espasmódica, y muy pronto se puso a indagar en la naturaleza fÃsica y las posibilidades de la invisibilidad. Afirmó que un objeto perfectamente negro podÃa eludir y desafiar la visión más aguda.
—El color es una sensación —decÃa—. Carece de realidad objetiva. Sin luz, no podemos ver ni los colores ni los objetos mismos. Todos los objetos son negros en la oscuridad, y en la oscuridad es imposible verlos. Si ninguna luz choca contra ellos, entonces ninguna luz puede reflejarse ni volver al ojo, de manera que no tenemos ninguna manifestación visible de su existencia.
—Pero vemos objetos negros a la luz del dÃa —objeté.