Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas —Muy cierto —repuso acaloradamente—. Y eso es porque no son perfectamente negros. Si fueran perfectamente negros, absolutamente negros, no podrÃamos verlos. ¡No podrÃamos verlos ni en el esplendor de mil soles! De modo que yo digo que con los pigmentos apropiados, adecuadamente mezclados, se podrÃa producir una pintura absolutamente negra que tornarÃa invisible cualquier objeto al que fuera aplicada.
—SerÃa un descubrimiento notable —dije sin comprometerme, porque toda la cuestión parecÃa demasiado fantasiosa, incapaz de conducir a nada que no fuera meramente especulativo.
—¡Notable! —Lloyd me dio una palmada en la espalda—. ¡Ya lo creo! Viejo, cubrirme con semejante pintura serÃa poner el mundo a mis pies. Los secretos de los reyes y las cortes serÃan mÃos, las maniobras de los especuladores de bolsa, los planes de los grupos y sociedades financieras. TendrÃa acceso a las pulsaciones internas de las cosas, y me convertirÃa en el mayor poder del mundo. Y yo… —se interrumpió bruscamente y luego agregó— bueno, ya he comenzado mi experimento y puedo decirte que estoy en la lÃnea justa.
Una risa en el vano de la puerta nos sobresaltó. Paul Tichlorne estaba parado allÃ, con una sonrisa burlona en los labios.
—Te olvidas, mi querido Lloyd —dijo.
—¿Me olvido qué?