Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Y yo investiguĂ©. Antes de sacar la cabeza afuera, mis sentidos, automáticamente activos, me habĂan indicado que allĂ no habĂa nada, que nada se interponĂa entre el exterior y yo, que la apertura de la ventana estaba totalmente vacĂa. ExtendĂ la mano y percibĂ un objeto duro, liso, fresco y chato, que mi tacto me dijo que era vidrio. MirĂ© de nuevo, pero no pude ver absolutamente nada.
—Arena blanca de cuarzo —dijo Paul rápidamente—, carbonato de sodio, cal muerta, vidrio desecho, perĂłxido de manganeso, ahĂ lo tienes, el mejor plato francĂ©s fabricado por la gran compañĂa St. Gobain que fabrica los mejores platos del mundo, y Ă©sta es la pieza más perfecta que hayan hecho jamás. Cuesta una fortuna. Pero ¡mĂralo! No puedes verlo. No sabes que está ahĂ hasta que te golpeas la cabeza contra Ă©l.
—Eh, mi viejo, pero esto no es más que un objeto para hacer demostraciones. Ciertos elementos, de por sĂ opacos, oportunamente mezclados, permiten obtener un cuerpo transparente. Pero Ă©stas, dirĂa, son las propiedades de la quĂmica inorgánica. Muy cierto. Pero me atrevo a afirmar, parado aquĂ, sobre mis dos pies, que en lo orgánico puedo duplicar lo que ocurre en lo inorgánico.