Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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El joven Raoul se rió. Se rió un largo rato, y de todo corazón. Pero mientras se reía, resolvía secreta y mentalmente problemas de aritmética. No había construido una casa en su vida, y sus ideas al respecto eran vagas. Mientras se reía, calculaba el costo del viaje a Tahití, para buscar materiales, el de los materiales mismos, el del viaje de vuelta a Fakarava, y el costo del desembarco de materiales y de la construcción de la casa. Sería de unos cuatro mil dólares franceses, dejando un margen de seguridad. Cuatro mil dólares franceses equivalían a veinte mil francos. Era imposible. ¿Cómo podía saber él el valor de semejante perla? Veinte mil francos era mucho dinero —y dinero de su madre, por añadidura.

—Mapuhi —dijo—, eres un gran tonto. Dime un precio en dinero.

Pero Mapuhi sacudió la cabeza, y lo mismo hicieron las tres cabezas que estaban detrás de él.

—Quiero la casa —dijo—. Tiene que tener seis brazas de largo y un porche alrededor…

—Sí, sí —lo interrumpió Raoul—. Ya sé todo sobre tu casa, pero es imposible. Te daré mil dólares chilenos.

Las cuatro cabezas opusieron a coro una negativa silenciosa.

—Y cien dólares chilenos en mercadería.

—Quiero la casa —comenzó Mapuhi.


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