Las Muertes concentricas

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—¿De qué te va a servir la casa? —preguntó Raoul—. El primer huracán que venga te la va a arrasar. Tendrías que saberlo. El capitán Raffy dice que es probable que venga uno ya mismo.

—No en Fakarava —dijo Mapuhi—. La tierra es más alta allí. En esta isla, sí. Cualquier huracán puede barrer Hikueru. Mi casa va a estar en Fakarava. Tiene que tener seis brazas de largo con un porche todo alrededor…

Y Raoul escuchó una vez más todo el cuento de la casa. Pasó varias horas tratando de desterrar de la mente de Mapuhi la obsesión de la casa; pero la madre y la esposa de Mapuhi, y Ngakura, su hija, lo apoyaban en su determinación de obtener la casa. Mientras escuchaba por vigésima vez la descripción detallada de la casa que querían, Raoul vió, a través de la entrada de la cabaña, la segunda chalupa de su goleta, detenida en la playa. Los marineros reposaban en los remos, evidenciando prisa por partir. El primer oficial del Aorai saltó a tierra, cambió algunas palabras con el nativo de un solo brazo, y luego se apresuró al encuentro de Raoul. El día se había oscurecido súbitamente, porque la borrasca estaba cubriendo el sol. A través de la laguna Raoul podía ver la línea amenazadora de las ráfagas que se aproximaban.


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