Las Muertes concentricas

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—El capitán Raffy dice que hay que salir de aquí por todos los diablos —fue el saludo del oficial—. Si hay alguna perla, debemos correr el riesgo de venir a buscarla más tarde, así ha dicho. El barómetro ha descendido a veintinueve con setenta.

La ráfaga de viento acometió la copa del árbol de pandano y sopló con violencia contra las palmeras de cocos maduros, que cayeron al suelo con un sonido sordo.

Después apareció la lluvia, que avanzaba con el rugir de la tempestad, haciendo que el agua de la laguna, barrida por el tumulto del viento, se levantara como en hileras de humo. Cuando las primeras gotas caían ruidosamente sobre las hojas, Raoul se levantó.

—Mil dólares chilenos, dinero en mano, Mapuhi —dijo—. Y doscientos en mercaderías.

—Quiero una casa… —comenzó el otro.

—¡Mapuhi! —gritó Raoul para hacerse oír—. ¡Eres un tonto!

Se precipitó fuera de la casa y, junto con el oficial, se abrió camino trabajosamente por la playa hacia el bote, que no podían divisar. La lluvia tropical caía salpicando alrededor de ellos de modo tal que sólo podían ver la arena bajo sus pies y las maliciosas olitas de la laguna que rompían contra la playa y la mordían. Una figura atravesó el diluvio. Era Huru - Huru, el hombre de un solo brazo.


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