Las Muertes concentricas

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—¿Conseguiste la perla? —gritó al oído de Raoul.

—¡Mapuhi es un tonto! —fue el grito de respuesta, y un momento después se habían perdido mutuamente de vista en el agua que caía. Media hora después, Huru - Huru, que miraba desde el atolón hacia el mar, vio al Aorai izar las dos chalupas y volver la proa al mar abierto. Y cerca de la nave, recién venida del mar en alas de la tempestad, vio otra goleta que se ponía al pairo y dejaba caer un bote al agua. La conocía. Era la Orohena, propiedad de Toriki, el comerciante mestizo que hacía las veces de su propio sobrecargo, y que sin duda se encontraba en la popa de la chalupa. Huru - Huru se rió entre dientes. Sabía que Mapuhi le debía a Toriki dinero en mercaderías que éste le había adelantado el año anterior.

La borrasca había pasado. El sol ardiente llameaba y la laguna era de nuevo un espejo. Pero el aire estaba pegajoso como mucílago, y su peso parecía oprimir los pulmones, dificultando la respiración.

—¿Te enteraste de la novedad, Toriki? —preguntó Huru - Huru—. Mapuhi encontró una perla. Nunca nadie pescó una perla así en Hikueru, ni en ningún lugar de las Paumotus, ni en el mundo entero. Mapuhi es un tonto. Además, te debe dinero. Recuerda que te lo dije a ti primero. ¿Tienes un poco de tabaco?


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