Las Muertes concentricas

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Y Toriki se dirigió a la choza de paja de Mapuhi. Era un hombre autoritario y, por otra parte, bastante estúpido. Observó con indiferencia la maravillosa perla —la observó sólo un instante; y con indiferencia la dejó caer en su bolsillo.

—Tienes suerte —le dijo—. Es una linda perla. Te abriré un crédito en los libros.

—Quiero una casa —comenzó Mapuhi consternado—. Tiene que tener seis brazas de largo…

—¡Seis brazas tu abuela! —fue la respuesta del comerciante—. Tú quieres pagar tus deudas, eso es lo que quieres. Me debías mil doscientos dólares chilenos. Muy bien; ya no me los debes. La deuda está saldada. Además, te fiaré mercaderías por otros doscientos chilenos. Si cuando llegue a Tahití la perla se vende bien, te fío otros cien, y ya son trescientos. Pero recuerda, sólo si la perla se vende bien. Hasta puedo perder dinero con ella.

Mapuhi se cruzó de brazos entristecido y se sentó con la cabeza gacha. Le habían robado su perla. En lugar de la casa, había pagado una deuda. No tenía nada que reemplazara a la perla.

—Eres un tonto —dijo Tefara.

—Eres un tonto —dijo Nauri, su madre—. ¿Por qué dejaste que te quitara la perla?


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