Las Muertes concentricas

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—¿Qué podía hacer? —protestó Mapuhi—. Le debía el dinero. Él sabía que yo tenía la perla. Ustedes mismas lo oyeron pedírmela para verla. Yo no se lo dije. Él lo sabía. Alguien se lo debe haber dicho. Y yo le debía dinero.

—Mapuhi es un tonto —remedó Ngakura.

Tenía doce años y lo único que sabía hacer era imitar a la madre y a la abuela. Mapuhi mitigó su ira dándole una bofetada en la oreja que la hizo tambalear, mientras Tefara y Nauri se echaban a llorar y continuaban vituperándolo como sólo saben hacerlo las mujeres.

Huru - Huru, observando desde la playa, vio cómo una tercera goleta que él conocía se ponía al pairo fuera de la entrada a la laguna, y dejaba caer una chalupa al agua. Era el Hira, un nombre adecuado, pues pertenecía a Levy, el judío alemán, el mayor comprador de perlas del archipiélago y, como era sabido, Hira era el dios tahitiano de los pescadores y los ladrones.




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