Las Muertes concentricas

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—¿Te enteraste de las noticias? —le preguntó Huru - Huru apenas Levy, un hombre gordo de rostro enorme y asimétrico, bajó a la playa—. Mapuhi encontró una perla. Jamás se vio una perla así en Hikueru, en todas las Paumotus o en el mundo entero. Mapuhi es un tonto. Se la vendió a Toriki por mil cuatrocientos dólares chilenos —yo estaba escuchando afuera y lo oí—. Toriki también es un tonto. Se la puedes comprar a él por poco. Recuerda que yo te lo dije a ti primero. ¿Tienes un poco de tabaco?

—¿Dónde está Toriki?

—En casa del capitán Lynch, bebiendo ajenjo. Hace una hora que está allí.

Y mientras Levy y Toriki bebían ajenjo y regateaban el precio de la perla, Huru - Huru escuchaba y los oía convenir el fantástico precio de veinticinco mil francos.

Fue a esta altura que tanto el Orohena como el Hira, acercándose rápidamente a la playa, comenzaron a disparar salvas de cañones y a hacer señales frenéticamente. Los tres hombres salieron a tiempo para ver que las dos goletas viraban con rapidez y se dirigían a corta distancia de la costa, soltando las velas mayores y enarbolando los foques, mientras se metían en la boca de la tormenta que los escoraba lejos, en las aguas emblanquecidas. Después, la lluvia los borró.


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