Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas —Van a volver cuando haya pasado la tormenta —dijo Toriki—. Será mejor que nos vayamos de aquÃ.
—Calculo que el barómetro ha bajado más todavÃa —dijo el capitán Lynch.
Era un capitán de mar con la barba blanca, demasiado viejo para navegar, y que habÃa descubierto que la única manera de llevarse bien con su asma era vivir en Hikueru. Entró a mirar el barómetro.
—¡Gran Dios! —lo oyeron exclamar, y se le unieron precipitadamente para mirar como hipnotizados el cuadrante, que marcaba veintinueve y veinte.
Salieron otra vez, ahora para consultar ansiosamente el mar y el cielo.
La tormenta se habÃa alejado, pero el cielo permanecÃa cubierto. Las dos goletas, a las que se habÃa unido una tercera, volvÃan con las velas desplegadas. Un cambio en el viento las indujo a soltar la escotilla, y cinco minutos después un súbito salto en el cuadrante opuesto llevó a las tres goletas hacia atrás, y los que estaban en la costa pudieron ver cómo los avÃos de botalón se aflojaban y soltaban al vuelo. El sonido del oleaje era turbulento, hueco y amenazador, y se estaba formando una fuerte marejada. Ante sus ojos estalló un terrible relámpago, que iluminó la oscuridad del dÃa, mientras el trueno retumbó salvajemente a su alrededor.