Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Toriki y Levy echaron a correr en dirección a sus chalupas, este último galopando como un hipopótamo aterrorizado. Mientras las dos embarcaciones recorrían rápidamente el canal, se cruzaron con la chalupa del Aorai que entraba. En el timón, alentando a los remeros, estaba Raoul. Incapaz de obliterar de su mente la visión de la perla, volvía para aceptar como precio la casa solicitada por Mapuhi.
Desembarcó en la playa mientras la lluvia fragorosa azotaba, y era tan densa que tropezó con Huru - Huru antes de verlo.
—Demasiado tarde —aulló Huru - Huru—. Mapuhi se la vendió a Toriki por mil cuatrocientos chilenos, y Toriki se la vendió a Levy por veinticinco mil francos. Y Levy la va a vender en Francia a cien mil francos. ¿Tienes un poco de tabaco?
Raoul se sintió aliviado. Sus preocupaciones acerca de la perla habían terminado. Ya no tenía por qué preocuparse, aun si no había obtenido la perla. Pero no le creyó a Huru - Huru. Mapuhi bien podía haberla vendido por mil cuatrocientos chilenos, pero que Levy, que entendía de perlas, hubiese pagado veinticinco mil francos, era demasiado. Raoul decidió interrogar al capitán Lynch al respecto, pero cuando llegó a la casa del viejo marinero lo encontró mirando el barómetro con los ojos desencajados.