Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas —¿Qué lees aqu� —preguntó ansiosamente el capitán Lynch, frotándose los lentes y mirando fijamente el instrumento.
—Veintinueve con diez —dijo Raoul—. Nunca lo habÃa visto tan bajo.
—¡Ya lo creo! —respondió el capitán—. Cincuenta años en el mar, y ni de joven ni de adulto lo he visto tan bajo. ¡Escucha!
Permanecieron callados un momento, mientras el oleaje rugÃa con estruendo, sacudiendo la casa. Después salieron. La tormenta habÃa pasado. A una milla de distancia podÃan ver el Aorai al pairo, inclinándose y bamboleándose enloquecido en medio de las tremendas olas que rodeaban en majestuosa procesión fuera del horizonte hacia el nordeste, y se lanzaban con fuerza sobre la costa de coral. Uno de los marineros de la chalupa señaló a la desembocadura del pasaje y sacudió la cabeza. Raoul miró y vio una anarquÃa blanca de oleaje y espuma.
—Supongo que me voy a quedar con usted esta noche, capitán —dijo—. Después se volvió hacia el marinero y le dijo que halara la chalupa y buscara albergue para él y sus compañeros.
—Veintinueve netos —anunció el capitán Lynch, que venÃa con una silla en la mano después de echar otra ojeada al barómetro.