Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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Se sentó y contempló el espectáculo del mar. Salió el sol, lo que aumentó el bochorno del día, mientras reinaba una calma mortal. El oleaje continuaba creciendo en magnitud.

—Lo que no puedo comprender es qué hace que el mar esté tan agitado —rezongó Raoul con petulancia—. No hay viento, y sin embargo, ¡mírelo, mire allí a ese compañero!

Extendiéndose a lo largo de millas y millas, llevando decenas de miles de toneladas de agua, su impacto sacudió el frágil atolón como un terremoto. El capitán Lynch se sobresaltó.

—¡Válgame Dios! —exclamó, levantándose a medias de la silla, luego dejándose caer nuevamente.

—Pero no hay viento —insistió Raoul—. Yo lo entendería si junto con el oleaje hubiese viento.

—Tendrás el viento pronto, sin que tengas que preocuparte por él —fue la cortante respuesta. Los dos hombres se sentaron en silencio. El sudor les salía de la piel en miríadas de pequeñas gotitas que corrían juntas, formando manchas de humedad, que a su vez se unían en arroyuelos que chorreaban hasta el suelo. La respiración de ambos era jadeante, y los esfuerzos del viejo resultaban especialmente penosos. El oleaje barrió la playa, lamiendo los troncos de los cocoteros, y hundiéndose luego a sus pies.


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