Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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—Ha superado los límites de la alta marea —observó el capitán Lynch— y yo estoy aquí desde hace once años. —Miró el reloj—. Son las tres de la tarde.

Un hombre y una mujer, seguidos por una abigarrada corte de chiquillos y perros, pasaron desconsolados. Se detuvieron cerca de la casa, y tras muchas vacilaciones, se sentaron en la arena. Minutos más tarde, llegó otra familia en dirección opuesta; los hombres y las mujeres llevaban una variedad heterogénea de objetos. Y pronto varios cientos de personas de todas las edades y sexos se congregaron alrededor de la vivienda del capitán. Este interpeló a una recién llegada, una mujer que llevaba a un niño de pecho en los brazos, y como respuesta recibió la información de que su casa acababa de ser arrasada por la tempestad y se había hundido en la laguna.

Éste era el lugar más elevado en muchas millas, y ya en varias partes, de ambos lados, las enormes olas estaban abriendo una clara brecha en el anillo sutil del atolón y rompían en la laguna. El anillo del atolón tenía una extensión de veinte millas, y su ancho no superaba en ninguna parte a los cien metros. Era la culminación de la temporada del buceo, y los nativos venían de todas las islas circundantes, inclusive de Tahití.


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