Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas —Hay mil doscientos hombres, mujeres y niños aquà —dijo el capitán Lynch—. Me pregunto cuántos habrá mañana por la mañana.
—Pero, ¿por qué no sopla el viento? Eso es lo que quiero saber —inquirió Raoul.
—No te preocupes, muchacho, no te preocupes; bien pronto vendrán tus problemas.
Mientras el capitán Lynch hablaba, una gran masa lÃquida castigó violentamente el atolón. El agua de mar se agitó en torno a ellos y se depositó hasta una profundidad de ocho centÃmetros bajo sus sillas. Un gemido sofocado de miedo se elevó entre las numerosas mujeres. Los niños, con las manos aferradas, miraban con fijeza las olas inmensas, y lloraban lastimeramente. Pollos y gatos, vadeando con dificultad en el agua, se refugiaron como de común acuerdo, volando y trepando, en el techo de la casa del capitán. Un nativo, con una camada de cachorros recién nacidos en una cesta, se trepó a un cocotero y una vez que estuvo a seis metros de altura, dejó caer la cesta. La madre se precipitó al agua, gimiendo y gruñendo. Mientras tanto, el sol brillaba restallante, y la calma chicha continuaba.