Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Raoul y el capitán, sentados, miraban las olas y la enloquecida inclinación del Aorai. El viejo marino contemplaba las inmensas moles de agua que avanzaban, hasta que ya no pudo mirar más. Se cubrió la cara con las manos para no ver ese espectáculo. Después entró a la casa.
—Veintiocho y sesenta —dijo tranquilamente cuando volvió.
Llevaba en el brazo un rollo de soga delgada. Lo cortó en trozos de cuatro metros, le dio uno a Raoul, guardó otro para él, y el resto lo distribuyó entre las mujeres, con el consejo de que eligieran un árbol y se treparan.
Empezó a soplar una leve brisa del noroeste, y ese soplo en su mejilla pareció alegrar a Raoul. Podía ver al Aorai que orientaba las velas y se alejaba de la costa, y lamentó no estar a bordo. La goleta siempre podía huir, pero en cuanto al atolón… El oleaje se abrió camino y lo embistió hasta hacerle casi perder el equilibrio, y entonces eligió un árbol. En ese momento se acordó del barómetro y volvió corriendo a la casa. Encontró al capitán Lynch que volvía por la misma razón, y entraron juntos.
—Veintiocho con veinte —dijo el viejo marinero—. Esto se va a convertir en un verdadero infierno. ¿Qué fue eso?