Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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Es innecesario decir que recuperé el ánimo de inmediato. Paul puso un collar en el cuello del animal y le ató su pañuelo a la cola. Y así nos fue otorgada la extraordinaria visión de un collar vacío y un pañuelo ondulante que saltaba por los campos. Era un espectáculo digno de verse el collar y el pañuelo que paraban una banda de codornices en un grupo de robinias y permanecían rígidos e inmóviles hasta que habíamos disparado a las aves.

De vez en cuando, el perro emitía los relámpagos de luces multicolores que he mencionado. Lo único que —Paul me explicó— no había previsto y que, no dudaba, podría subsanarse.

—Son una gran familia —dijo— estos perros del viento, arco iris, aureolas y parhelias. Se producen por la refracción de la luz en los cristales minerales y del hielo, en la niebla, la lluvia, el rocío e infinidad de cosas; y me temo que sean la multa que debo pagar por la transparencia. Me escapé de la sombra de Lloyd sólo para vérmelas con el relámpago del arco iris.

Un par de días más tarde, antes de entrar al laboratorio de Paul, me topé con un hedor atroz. Era tan espantoso que me resultó fácil descubrir su proveniencia: una masa de una sustancia en putrefacción que en líneas generales se parecía a un perro.


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