Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Mantuve la lengua entre los dientes y seguà caminando, pero estaba muy confuso y totalmente convencido de que una enfermedad sutil y misteriosa me habÃa atacado los nervios. Hasta el momento, mi vista se habÃa salvado; pero cuando llegamos a campo abierto otra vez, hasta la vista me traicionó. En el sendero delante de mà empezaron a aparecer y desaparecer extraños relámpagos multicolores, luces iridiscentes. Sin embargo, logré controlarme hasta que las luces multicolores persistieron durante unos veinte segundos, bailando y centelleando en un juego continuo. Entonces me senté, débil y vacilante.
—No puedo más —dije jadeando, mientras me cubrÃa los ojos con las manos—. Me atacó los ojos, Paul. Llévame a casa.
Pero Paul se rió con ganas.
—¿Qué te dije? El perro más extraordinario, ¿eh? Bueno, ¿qué te parece?
Se volvió hasta el otro lado y empezó a silbar. Sentà ruido de pisadas, el jadeo de un animal acalorado, y el inconfundible gañido de un perro. Entonces Paul se agachó y aparentemente acarició el aire.
—¡AquÃ! ¡Dame la mano!
Y pasó mi mano por la nariz frÃa y las quijadas de un perro. Indudablemente se trataba de un perro, con la estructura y el pelo liso y corto de un pointer.