Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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En ese momento yo no podía imaginar qué me estaba inquietando, pero tenía la sensación de alguna enfermedad mortal que me amenazaba. Tenía los nervios trastornados y, a partir de los sorprendentes trucos que habían desplegado ante mí, mis sentidos parecían enloquecidos. Me perturbaban sonidos extraños. A veces sentía el susurro del pasto pisoteado, y una vez ruido de pasos en una franja pedregosa de terreno.

—¿Escuchaste algo, Paul? —le pregunté en una oportunidad.

Pero él sacudió la cabeza y siguió caminando imperturbable.

Mientras trepábamos una cerca, escuché el gemido débil y ansioso de un perro, que provenía aparentemente de no más de dos pasos de distancia, pero al mirar en torno no vi nada.

Me dejé caer al suelo, débil y tembloroso.

—Paul —dije— mejor que volvamos a casa. Creo que estoy por enfermarme.

—Tonterías, mi viejo —me contestó—. Se te ha subido el sol a la cabeza como si fuera vino. En seguida vas a estar bien. El día es fantástico.

Pero al pasar por un angosto sendero de álamos algo me rozó las piernas; tropecé y estuve a punto de caer. Me volví hacia Paul con súbita inquietud.

—¿Qué te pasa? —me preguntó—. ¿Tropezando con tus propios pies?


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