Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Sin embargo, la luz se hizo sobre esta cuestión cuando una atemorizada criada anunció que Gaffer Bedshaw había enloquecido violentamente esa misma mañana, hacía no más de una hora, y estaba amarrado en el pabellón de caza, donde deliraba acerca de una batalla que había librado contra una bestia feroz y gigantesca que había hallado en la pradera de Tichlorne. Sostenía que la cosa, fuera lo que fuera, era invisible, que había visto con sus propios ojos que era invisible; por lo cual su llorosa mujer e hijas sacudían la cabeza, lo que lo encolerizaba aún más, y el jardinero y el cochero le sujetaron las correas más fuerte todavía.
Mientras Paul Tichlorne profundizaba así el problema de la invisibilidad, Lloyd Inwood no se quedaba atrás. Fui a su casa en respuesta a un mensaje que me envió, en el que me pedía que lo visitara para mostrarme los progresos que estaba haciendo. Ahora su laboratorio ocupaba un lugar aislado en medio de sus vastas propiedades. Estaba construido en un agradable claro, rodeado de un espeso bosquecillo. Se llegaba a él tras recorrer un sendero sinuoso.
Yo había transitado tantas veces ese sendero que ya lo conocía a la perfección; imaginad entonces mi sorpresa cuando llegué al claro y no hallé laboratorio alguno. La primorosa construcción con su chimenea de piedra roja había desaparecido. No había señales de que jamás hubiera existido. Ni ruinas, ni escombros, nada.