Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas EmpecĂ© a caminar hacia donde habĂa estado el edificio. Aquà —me dije— deberĂa estar el escalĂłn que conducĂa a la puerta.
Apenas habĂa terminado de pronunciar estas palabras, cuando mi pie se topĂł con un obstáculo, tropecĂ© hacia adelante y me golpeĂ© la cabeza con algo que parecĂa muy similar a una puerta. EstirĂ© la mano. Era una puerta. EncontrĂ© la perilla y la hice girar. E inmediatamente, cuando la puerta rotĂł sobre sus goznes, se me apareciĂł Ăntegro ante la vista el interior del laboratorio. SaludĂ© a Lloyd, cerrĂ© la puerta y retrocedĂ unos pasos por el sendero. El edificio no se veĂa. Cuando volvĂ y abrĂ la puerta, todos los muebles y los detalles del interior se hicieron visibles inmediatamente. La sĂşbita transiciĂłn del vacĂo a la luz y la forma y el color resultaban sin duda sobrecogedores.
—¿Qué te parece, eh? —me preguntó Lloyd mientras me estrechaba la mano—. Pasé un par de manos de negro absoluto por el exterior ayer a la tarde, para ver qué tal funcionaba. ¿Cómo está tu cabeza? Te golpeaste bastante fuerte, me imagino.
—No importa eso —interrumpió mis felicitaciones—. Tengo algo mejor para ti.
Mientras hablaba empezĂł a desvestirse, y cuando estuvo desnudo delante de mĂ, me puso en las manos un pote y un pincel y me dijo:
—Dame una mano de esto.