Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Como las articulaciones del viejo estaban rÃgidas y no podÃa trepar, los marineros, atando cortos trozos de cuerda, lo izaron al tronco, lentamente al principio, luego más rápido, hasta llegar a la copa, a unos quince metros del suelo. Raoul pasó su cuerda alrededor de la base de un árbol vecino, y siguió mirando. El viento era terrible. Jamás habÃa soñado que pudiera soplar tan fuerte. Una ola rompió contra el atolón, empapando a Raoul hasta la rodilla antes de desaparecer en la laguna. El sol se habÃa ocultado, dejando un cielo de plomo débilmente iluminado. Unas gotas de lluvia que caÃan horizontalmente lo golpearon. El impacto fue como de perdigones. Una salpicadura de rocÃo de sal le golpeó la cara. Fue como si un hombre le hubiera dado una bofetada. Las mejillas le ardÃan y lágrimas involuntarias de dolor asomaron a sus ojos. Varios cientos de nativos habÃan trepado a los árboles, y él podrÃa haberse reÃdo al ver los racimos de fruta humana que se apiñaban en las copas. Entonces Raoul, que habÃa nacido en TahitÃ, dobló su cintura, se aferró al tronco del árbol con las manos, presionó con las plantas de los pies en la corteza, y comenzó a caminar árbol arriba. En la copa se encontró con dos mujeres, dos niños y un hombre. Una niñita aferraba un gato doméstico entre los brazos. Desde su nido saludó con la mano al capitán Lynch, y el valeroso patriarca retribuyó el saludo. Raoul estaba aterrado ante el estado del cielo. Se habÃa acercado mucho más —en realidad, éste parecÃa estar justo sobre su cabeza—; y habÃa cambiado del color plomo al negro. Muchos estaban todavÃa en tierra, agrupados alrededor de la base de los árboles. Algunos grupos rezaban, y en uno de ellos el misionero mormón dirigÃa las plegarias. Un misterioso sonido rÃtmico, débil como el chirrido de un grillo lejano, llegó a sus oÃdos, pero sólo por un instante, sugiriéndole vagamente la idea del cielo y de una música celestial. Miró en torno suyo y vio, en la base de otro árbol, un grupo numeroso de personas que se sostenÃan unas a otras, todas tomadas de una cuerda. Pudo ver cómo cambiaba la expresión de sus rostros, mientras sus labios se movÃan al unÃsono. No le llegaba ningún sonido, pero sabÃa que estaban cantando himnos.