Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Se sentía muy solo en la oscuridad. A veces le parecía que aquello era el fin del mundo y que él era el último sobreviviente. El viento seguía aumentando. Aumentaba hora tras hora. Cuando, según sus cálculos, debían ser las once de la noche, el viento se había convertido en algo increíble. Era una cosa horrible, monstruosa, una furia ululante, una oleada que azotaba y pasaba, pero volvía a golpear y a pasar —un muro sin fin. Raoul se sentía leve y etéreo; le parecía que el que estaba en movimiento era él, que viajaba a una velocidad incontenible atravesando una interminable solidez. El viento ya no era aire en movimiento. Había adquirido consistencia, como el agua o el mercurio. Tenía la sensación de poder alcanzarlo y desgarrarlo, en pedazos, como a la carne del esqueleto de un ternero; de poderlo aferrar y permanecer suspendido de él como si fuera un acantilado.