Las Muertes concentricas

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Atravesando la laguna hasta el otro lado del anillo de arena había una extensión de diez millas. Aquí, los troncos de árboles que caían, los restos de embarcaciones, las ruinas de las casas, habían matado a nueve de cada diez de los seres miserables que habían sobrevivido al cruce de la laguna. Semiahogados, exhaustos, se veían lanzados a este mortero enloquecido de los elementos, y reducidos a una masa informe de carne. Pero Mapuhi fue afortunado. Tenía una probabilidad entre diez, y, por un capricho del destino, le había tocado a él. Emergió en la arena, sangrando de una veintena de heridas. Ngakura tenía el brazo izquierdo quebrado; los dedos de la mano derecha estaban triturados; una mejilla y la frente estaban partidas hasta el hueso. Se aferró a un árbol que estaba todavía en pie, sosteniendo a la chica y tratando desesperadamente de respirar, mientras las aguas de la laguna lo cubrían hasta la rodilla y a veces hasta la cintura.

A las tres de la mañana la espina dorsal del huracán se quebró. A las cinco sólo soplaba una brisa obstinada. Y a las seis reinaba una calma chicha y brillaba el sol. El mar se había calmado. En una orilla de la laguna todavía inquieta, Mapuhi vio los cuerpos destrozados de los que habían fracasado en el descenso a tierra. Sin duda Tefara y Nauri se hallaban entre ellos.


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