Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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Caminó por la playa examinándolos, y se encontró con su esposa, que estaba mitad dentro, mitad fuera del agua. Se sentó en el suelo y lloró, emitiendo ásperos sonidos animales para expresar su primitivo dolor. Entonces ella se movió con dificultad y gimió. Mapuhi la observó con detenimiento. No sólo estaba viva, estaba ilesa. Simplemente, dormía. También a ella le había tocado esa posibilidad entre diez.

De los mil doscientos de la noche anterior, sólo quedaban trescientos. El misionero mormón y un gendarme hicieron el censo. La laguna estaba repleta de cadáveres. No quedaba en pie ni una casa ni una cabaña. En todo el atolón no había quedado piedra sobre piedra. De cada cincuenta cocoteros, sólo quedaba uno en pie, y los que quedaban estaban destrozados, sin un solo coco. No había agua fresca. Los pozos poco profundos que recogían el agua de lluvia filtrada estaban llenos de sal. De la laguna se recuperaron unas pocas bolsas de harina, empapadas. Los sobrevivientes cortaban la parte interna de los cocoteros caídos y la comían.





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