Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Aquí y allá excavaban en la arena pequeñas cuevas y las cubrían con los fragmentos de metal de los techos. El misionero construyó un alambique elemental, pero no pudo destilar agua suficiente para trescientas personas. Al final del segundo día, Raoul descubrió, mientras se daba un baño en la laguna, que su sed se aliviaba. Gritó a todos las noticias, y por consiguiente se pudo ver a trescientos hombres, mujeres y niños sumergidos en la laguna hasta el cuello y tratando de absorber agua a través de la piel. Los muertos flotaban alrededor de la gente o eran pisoteados, ya que todavía yacían en el fondo. El tercer día los enterraron y se sentaron a esperar las lanchas de rescate.
Mientras tanto, Nauri, separada de su familia por el huracán, había sido arrastrada lejos a una aventura solitaria. Aferrada a un tosco tablón que la lastimaba y se le clavaba en la carne, había sido arrojada lejos del atolón y llevada por el mar. Aquí, bajo los golpes de olas altas como montañas, había perdido el tablón. Era una anciana de casi sesenta años; pero había nacido en las Paumotus y en toda su vida no se había alejado del mar. Mientras nadaba en la oscuridad, sofocada, asfixiada, luchando por un poco de aire, un coco la había golpeado con violencia en un hombro. En un instante había formulado un plan y se había aferrado al coco.