Las Muertes concentricas

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Durante la hora siguiente, había capturado siete cocos. Atados juntos, formaron una boya salvavidas que le había conservado la vida, aunque al mismo tiempo amenazaba convertirla en gelatina. Era una mujer gorda y se magullaba con facilidad; pero tenía experiencia en huracanes, y mientras oraba a su dios tiburón para que la protegiera de los tiburones, esperó que el viento cesara. Pero a las tres estaba en tal estado de aturdimiento que no se daba cuenta de nada. Tampoco se dio cuenta cuando a las seis se había instalado la calma chicha. Recién recobró la conciencia cuando las olas la arrojaron en la arena. Se abrió camino con las manos y los pies ensangrentados, en carne viva, y manoteó en el agua hasta que quedó lejos del alcance de las olas.

Sabía dónde estaba. Aquella tierra no podía ser otra que la diminuta isla de Takokota. No tenía laguna. Allí no vivía nadie. Hikueru estaba a quince millas de distancia. No alcanzaba a verla pero sabía que estaba hacia el sur. Los días pasaban y Nauri se alimentaba de los cocos que la habían mantenido a flote. Le proporcionaban agua para beber y comida. Pero Nauri no comía ni bebía cuanto hubiera querido. El rescate se hacía problemático. Vio el humo de las lanchas de auxilio en el horizonte, pero, ¿qué lancha iba a venir a la solitaria, deshabitada Takokota?


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