Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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Desde el principio la habían atormentado los cadáveres. El mar persistía en arrojarlos a su parcela de arena, y ella, hasta que las fuerzas le faltaron, en devolvérselos al mar, donde los tiburones los destrozaban y los devoraban. Cuando las fuerzas le faltaron, los cadáveres adornaron su playa en un espectáculo horrendo, y ella se apartó todo lo que pudo, que no era mucho. Al décimo día ya se había comido todos los cocos, y estaba consumida por la sed. Se arrastró en la arena, buscando cocos. Le resultaba extraño que flotaran tantos cadáveres y ningún coco. ¡Tenía que haber más cocos que cadáveres flotando! Finalmente abandonó la búsqueda y se dejó caer, exhausta. El fin había llegado. Sólo quedaba esperar la muerte.

Mientras salía de un letargo, se dio cuenta con lentitud de que estaba contemplando unos cabellos rojizos de la cabeza de un cadáver. El mar arrojaba el cuerpo cerca de ella, después lo retiraba. Las olas lo dieron la vuelta y ella se dio cuenta de que no tenía cara. Sin embargo, había algo familiar en esos cabellos rojizos. Pasó una hora. No se preocupó por identificarlo. Estaba esperando la muerte, y le importaba poco saber qué hombre podría haber sido aquel horror.



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