Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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Sobre la múltiple labor de Jack London, como la análoga de Hemingway, que en cierto modo la prosigue y la exalta, se proyectan dos altas sombras: la de Kipling y la de Nietzsche. Conviene no olvidar, sin embargo, una diferencia fundamental. Kipling vio en la guerra un deber, pero no cantó nunca la victoria sino la paz que traen la victoria y los rigores bélicos; Nietzsche, que había sido testigo en el Palacio de Versalles de la proclamación del Imperio de Alemania, dejó escrito que todos los imperios no son más que una tontería y que Bismarck había agregado una cifra a esa estúpida serie. Kipling y Nietzsche, hombres sedentarios, anhelaron la acción y los peligros que su destino les negó; London y Hemingway, hombres de aventura, se aficionaron a ella. Imperdonablemente llegaron al gratuito culto de la violencia y aun de la brutalidad. De ese culto fueron acusados en su tiempo Kipling y Nietzsche; recordemos las diatribas de Belloc y el hecho de que Bernard Shaw tuvo que defender a Nietzsche de la acusación “de haber compuesto un evangelio para matones”. Ambos —London y Hemingway— se arrepintieron de su infatuación por la mera violencia; no es casual que los dos, hartos de fama, de peligro y de oro, buscaran amparo en el suicidio.




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