Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Colocó cuidadosamente una rama en el fuego y reanudó sus meditaciones. Sucedía lo mismo en todas partes, con todas las cosas. Los mosquitos se desvanecían con la primera escarcha. La pequeña ardilla trepadora se arrastraba lejos para morir. Cuando el conejo envejecía se volvía lento y pesado, y ya no podía huir de sus enemigos. Hasta el gran reno se volvía torpe y ciego y pendenciero, para ser finalmente arrastrado por un puñado de perros esquimales que gañían. Recordó cómo había abandonado a su propio padre en un tramo elevado del Klondike en invierno, el invierno anterior a la llegada del misionero, con sus libros que hablaban y su caja de medicinas. Muchas veces había hecho chasquear los labios al recordar la caja, aunque ahora su boca rehusaba humedecerse. Lo que «mataba el dolor» había sido particularmente bueno. Pero el misionero, en definitiva, era una molestia porque no llevaba carne al campamento, comía con voracidad, y los cazadores gruñían. Pero se congeló los pulmones en la vertiente junto al Mayo, y después los perros apartaron las piedras con el hocico y se disputaron sus huesos.