Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Koskoosh puso otra rama en el fuego y buscó más profundamente en el pasado. Estaba la época del gran hambre, cuando los viejos se acurrucaban, con el estómago vacío, junto al fuego, y deslizaban de sus labios borrosas tradiciones sobre los lejanos tiempos en que el Yukón había corrido libremente durante tres inviernos y luego había permanecido helado durante tres veranos. Durante esa hambruna había perdido a su madre. En el verano la pesca del salmón había fracasado, y la tribu esperaba ansiosamente el invierno y la llegada del caribú. Y llegó el invierno, pero el caribú no vino con él. Nunca había sucedido nada semejante, ni siquiera a los ancianos. Pero el caribú no apareció, y era el séptimo año, y los conejos no se habían reproducido, y los perros no eran más que bolsas de huesos. Y durante la larga oscuridad los niños gemían y morían, y las mujeres, y los ancianos; y menos de uno de cada diez miembros de la tribu sobrevivieron para saludar al sol cuando regresó en la primavera. ¡Eso sí que fue hambre! Pero también conoció épocas de abundancia, cuando la carne se les estropeaba en las manos, y los perros estaban gordos e inservibles por la sobrealimentación; épocas en que dejaban que la caza se alejara sin matarla, y las mujeres eran fértiles, y las viviendas estaban repletas de niños y niñas que alborotaban. Entonces el vientre de los hombres creció y revivieron viejas rencillas, y cruzaron las vertientes hacia el sur para matar a los pelly, y hacia el oeste, para poder sentarse junto a los fuegos apagados de los tanana. Él recordaba, siendo niño, una época de abundancia, cuando vio un alce vencido por los lobos. Zing - ha yacía con él en la nieve y miraba; Zing - ha, que más tarde se convirtió en el cazador más avezado, y quien, finalmente, cayó en un pozo en el Yukón. Lo encontraron un mes después, como había salido, arrastrándose a medias, congelado, sobre el hielo. Pero el alce, Zing - ha y él habían salido ese día a jugar y cazar, tal como lo hacían sus padres. En el lecho del arroyo se toparon con las huellas frescas de un alce, y con éstas las de muchos lobos.