Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas —Uno viejo —dijo Zing - ha, que era más rápido para leer las señales—, uno viejo, que no puede continuar con la manada. Los lobos lo separaron de sus hermanos, y nunca lo van a dejar.
Y asà fue. Era su manera de ser. DÃa y noche, sin descansar, husmeándole las patas, tirándole mordiscos al hocico, seguirán con él hasta el final. ¡Cómo sintieron Zing - ha y él que la sed de sangre se les aguzaba! ¡El final serÃa algo digno de verse!
Con los pies ansiosos, tomaron la senda, y hasta él, Koskoosh, de visión lenta y no muy experimentado en la huella, podÃa haberla seguido a ciegas, tan ancha era. Estaban ya sobre las huellas de la presa perseguida, y leÃan a cada paso la horrenda tragedia. Llegaron a un lugar donde el alce se habÃa detenido. La nieve habÃa sido pisoteada y sacudida en todas direcciones, en una extensión equivalente a tres veces el cuerpo de un hombre maduro. En el medio se veÃan las profundas pisadas del animal de cascos hendidos, y alrededor, por todas partes, las más ligeras de los lobos. Algunos, mientras sus hermanos acosaban a la presa, se habÃan echado a un costado a descansar. La impresión de sus cuerpos, extendida en la nieve, era tan perfecta como si hubiera sido hecha un momento antes. Un lobo habÃa sido atrapado en una acometida salvaje de la vÃctima enloquecida, y pisoteado hasta la muerte. Unos pocos huesos bien roÃdos lo testimoniaban.