Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas La tribu de Koskoosh era muy antigua. Los ancianos que había conocido cuando niño habían conocido a su vez a otros ancianos. Por lo tanto era cierto que la tribu vivía, que representaba la obediencia de todos sus miembros, lejos, hasta el pasado olvidado, cuyos propios lugares de reposo no se recordaban. Ellos no contaban, eran episodios. Se habían disipado como nubes de un cielo de verano. Él también era un episodio y desaparecería. A la naturaleza no le importaba. Le fijaba una tarea a la vida, le dictaba una ley. Perpetuar era la misión de la vida, su ley era la muerte. Una doncella era una criatura agradable de mirar, de pechos llenos, de andar elástico y ojos luminosos. Pero aún tenía su tarea ante sí. La luz de sus ojos se acentuaba, su paso se hacía más rápido, y ahora era alternativamente audaz y tímida con los jóvenes y les transmitía su propia inquietud. Y cada vez se hacía más y más hermosa de mirar, hasta que algún cazador, incapaz de contenerse más tiempo, la llevaba a su vivienda para que cocinara y trajinara para él, y para que se convirtiera en la madre de sus hijos. Y con la llegada de sus vástagos, la belleza la abandonaba. Sus miembros se arrastraban pesadamente, sus ojos se empañaban y se hacían legañosos, y los únicos que se regocijaban contra la mejilla marchita de la vieja, junto al fuego, eran los niños. Su misión había concluido. Un poco después, con la primera opresión del hambre, o con la primera senda larga, sería abandonada, tal como lo fue él, en la nieve, junto a un montoncito de leña. Tal era la ley.