Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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Inclinó la cabeza en señal de satisfacción hasta que el último sonido de la nieve quejumbrosa se hubo apagado, y supo que ya no podría llamar a su hijo. Luego su mano se arrastró, presurosa, hacia la leña: era lo único que se interponía entre él y la eternidad que se abría ante él. Finalmente, la medida de su vida era un manojo de leños. Uno por uno irían a alimentar el fuego, y del mismo modo, paso a paso, la muerte se deslizaría sobre él. Cuando la última rama se hubiese entregado al calor, la helada comenzaría a adquirir fuerza. Primero se rendirían los pies, luego las manos; y el entumecimiento lo recorrería, lentamente, desde las extremidades hasta el cuerpo. La cabeza se le caería sobre las rodillas, y él descansaría. Era fácil. Todos los hombres deben morir. No se quejaba. Era el modo de vida, y era justo. Él había nacido cerca de la tierra, cerca de la tierra había vivido, y la ley de ésta no era nueva para él. Era la ley de toda la carne. La naturaleza no era bondadosa con la carne. Esa cosa concreta que se denomina el individuo no le interesaba. Su interés se concentraba en las especies, la raza. Ésta era la abstracción más profunda de que era capaz la mentalidad bárbara del viejo Koskoosh, pero la entendía cabalmente. La veía ejemplificada en toda la vida. El desarrollo de la savia, el verde estallido de la yema del sauce, la caída de la hoja amarillenta: en esto sólo estaba narrada toda la historia. Pero la naturaleza le fijaba una tarea al individuo. Si no la cumplía, moría. Si la cumplía, era lo mismo. Igual moría. A la naturaleza no le importaba; abundaban los obedientes, y en esta cuestión sólo la obediencia vivía, y vivía siempre, no los obedientes.


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