Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Esto no serviría de nada. Se contuvo, las convulsiones espasmódicas declinaron lentamente. Se obligó a pensar en otras cosas, y empezó a releer su propia vida. Recordó a sus padres, y el peticito overo, y el tutor francés que le enseñó a bailar y le pasó de contrabando un viejo ejemplar de Voltaire. Volvió a ver París, el melancólico Londres, la alegre Viena y Roma. Y volvió a ver ese entusiasta grupo de jóvenes que habían soñado, como él, el sueño de una Polonia independiente con un rey de Polonia en el trono, en Varsovia. Ahí empezó la larga huella. Bueno, él había durado más. Uno por uno, empezando con los dos ejecutados en San Petersburgo, fue recordando el fin de esos valerosos. Uno fue muerto a azotes por el carcelero, otro en la ensangrentada carretera de los desterrados, andando meses infinitos, golpeado y maltratado por los cosacos, quedó en el camino. Siempre barbarie. Habían muerto de fiebre, en las minas, bajo el knut. Los dos últimos murieron después de la fuga, en lucha con los cosacos, y sólo él arribó a Kamchatka con los documentos y el dinero robado a un viajero que dejó tirado en la nieve. Nada más que barbarie. Por años, con su pensamiento en los estudios, en los teatros, en las cortes, lo había cercado la barbarie. Había comprado su vida con sangre. Todos mataban. Él mató a ese viajero por su pasaporte. Había demostrado que era un valiente, batiéndose con dos oficiales rusos en un mismo día. Había tenido que probarse para ganar un lugar entre los ladrones de pieles. Había tenido que ganar ese lugar. Detrás de él quedaba el milenario camino a través de Siberia y de Rusia. Por ahí no había escapatoria. El único camino estaba delante, a través del oscuro mar helado entre Bering y Alaska. El camino lo había llevado de una barbarie a una barbarie mayor. En los infectados barcos inmundos de los ladrones de pieles, sin comida y sin agua, azotados por las interminables tormentas de ese mar tormentoso, los hombres se volvían animales. Tres veces partieron de Kamchatka. Tres veces, después de toda suerte de trabajos y sufrimientos, los sobrevivientes tuvieron que regresar a Kamchatka. No habían encontrado salida, y él no podía regresar, pues las minas y el látigo lo aguardaban.